
¿Sabías que antes del descubrimiento de América no existía el pavo en Europa?
El pavo llegó a Europa a principios del siglo XVI procedente de México tras las expediciones de Hernán Cortés. También se llevó a Francia desde Canadá, donde lo llamaron dinde, pavo de Indias. Los aztecas ya consumían la carne de este animal al que llamaban uexelot o guajalote.
Actualmente se consume en toda Europa y toda América, pero sobre todo es tradición en Estados Unidos cenar pavo relleno el Día de Acción de Gracias en memoria a los colonos ingleses que en el año 1620 desembarcaron en Massachussetts y, según cuenta la leyenda, tuvieron que alimentarse durante toda la travesía de carne de pavo.
En esa época lo que se consumía en Europa era el pavo real, pero en poco tiempo se fue sustituyendo por el pavo americano que era mucho más tierno y sabroso. En aquella época esta carne alcanzó una gran fama hasta el punto de convertirse en un producto de lujo propio de los banquetes reales. Al llegar a España fueron los jesuitas los que los domesticaron y los empezaron a criar en granjas.
En Estados Unidos está el origen de la tradición con el Día de Acción de Gracias, allí lo hacen relleno de castañas o higos. Sin embargo, en España y muchos países de Latinoamérica es típico comerlo en Navidad y Nochevieja, pero en cada lugar la receta varía, por ejemplo en México se hace con una salsa de chocolate. En el Perú tiene un gusto especial acompaña la taza de chocolate y el paneton peruano.
En Francia, como en España e Inglaterra, el pavo se empezó a criar en el siglo XVI, llegando a ser un ave de corral habitual, al lado de gallinas, gansos, entre otros, como lo atestiguan los historiadores de la época.
Hoy, este animal originario del imperio azteca, es el plato principal en las mayores fiestas, tanto de las mesas de Francia, como de Inglaterra, de España y otras naciones europeas.
Los colonizadores de lo que ahora es Estados Unidos llevaron el pavo azteca de Europa y era tan gustado y estimado que el propio Benjamín Franklin llegó a proponer que en lugar del águila de cabeza blanca que aparece en su escudo nacional, debería ser un pavo, un huaxólotl. Pero si no está en el escudo, sí aparece en todas las mesas tanto navideñas, como del día Pascual y de Acción de Gracias, así como en grandes ocasiones.
La genética animal ha logrado mejorar grandemente al pavo, de ese modo hay hasta doble pechuga, logrando que el guajolote tenga más carne, en especial el macho, porque la hembra, la coconilla, ha conservado su naturaleza de madre procreadora y sólo ponedora de huevos, mas no productora de carne.
Si para la noche de Nochebuena eres de los que no cede ante los cambios de costumbres y año tras año preparas un pavo al horno, ésta es tu receta. Quizás puedas darle un nuevo aire al pavo mediante el relleno. Te propongo uno a base de frutas naturales (en su día ya hicimos una VERSIÓN LIGHT) y secas. Verás qué contraste más rico.
Ingredientes: 1 pavo mediano (3-4 kg.) deshuesado, 8 ciruelas pasas, 6 guindas en conserva, 8 orejones de melocotón o albaricoque, 6 higos secos, 2 manzanas verdes, 2 peras, 1 plátano, 200 ml. de Cointreau, aceite, pimienta y sal
Preparación: Antes de ponernos con la receta, debemos recordar la noche de antes poner a macerar en el Cointrau las ciruelas, las guindas, los higos y los orejones. Lo haremos en un recipiente hermético y en el frigorífico.
A la hora de comenzar la receta, y una vez tengamos el pavo limpio y seco, lo salpimentamos y lo untamos con aceite por su interior y exterior y lo dejamos reposar 1 hora en el frigorífico.
Mientras está el pavo apartado, bañamos las frutas frescas troceadas y peladas en dados con el jugo resultante de haber macerado las frutas secas. Estas últimas las partimos por la mitad.
Sacamos el pavo del frigorífico y lo rellenamos con las frutas bien escurridas, cuidando de no llenarlo en exceso. El jugo lo reservamos porque nos servirá para regar el pavo mientras se hornea. Una vez relleno, atamos el pavo con hilo y lo volvemos a untar con aceite o mantequilla que le da un toque especial. Lo pasamos a una sartén honda y lo doramos por ambos lados.
Ahora lo pasamos a una fuente refractaria y lo horneamos a unos 190 grados durante una media hora. Pasado el tiempo, bajamos a 175 grados y continuamos horneando una hora más o menos hasta que esté dorado y tierno, cuidando de añadir el jugo del macerado si es necesario. Este jugo lo habremos podido emplear también para desglasar la sartén en la que doramos el pavo.
Cuando esté listo el pavo, lo desatamos y lo cortamos en rodajas.
